La compañía de hemoderivados Grifols continúa su irregular recuperación tras la grave crisis de cotización que arrastra desde la pandemia, marcada por su elevada deuda. En el segundo trimestre, logró salir de los números rojos al obtener unos beneficios de 52 millones —frente a las pérdidas de 108 millones de comienzos de año—, pero no logró darle la vuelta a los costes de reestructuración de 140 millones en los que ha incurrido en la primera mitad de año, que dejan una foto fija de enero a junio de 56 millones en pérdidas.

De acuerdo con los resultados publicados este jueves, en los primeros seis meses del año, el grupo catalán logró aumentar sus ingresos un 13,1%, hasta los 3.225 millones de euros. La empresa destaca que los principales motores de crecimiento han sido “la fuerte demanda subyacente de las principales proteínas plasmáticas”, un sólido suministro de plasma y una “favorable combinación de precios y mix de producto”. Tras el anuncio, con la apertura de los mercados, las acciones de la compañía apenas se han alterado.

Grifols consiguió ganar un 10% más en 2022, tras una caída del 70% de su beneficio en un 2021 marcado por la pandemia y la compra de la compañía Biotest, donde invirtió 1.100 millones. Lastrada por una importante deuda, la compañía lanzó en febrero de este año un plan de ahorro que incluía 2.300 despidos, 92 de ellos en España. En su comunicado de este jueves, anuncia que el plan —que tiene por objetivo ahorrar 450 millones— ya se ha ejecutado por completo.

Además de su programa de ahorro, la multinacional catalana también ha hecho cambios relevantes en el poder ejecutivo de la firma: primero fue la renuncia del histórico presidente no ejecutivo, Víctor Grifols Roura, que en octubre fue relevado, con funciones ejecutivas, por Steven F. Mayer. En febrero, y después de lanzar un plan de ahorro, Mayer dimitió por motivos personales y fue sustituido por Thomas Glanzmann. Y en mayo, la familia Grifols ya cedió todo el poder ejecutivo, concediendo a Glanzmann el cargo de consejero delegado de la compañía.

Problema de deuda

En lo que va de año, las acciones de la compañía han subido más de un 25%, en una lenta recuperación de los problemas de cotización en los que se ha visto inmersa en los últimos dos años: a pesar de que esta fue una oportunidad de crecimiento para el sector farmacéutico, el estallido de la pandemia fue el inicio de la crisis de Grifols. La raíz de sus problemas —perdió un 30% de su valor en Bolsa en 2021, y un 27% el año pasado— está en un modelo de negocio que, hasta entonces, les había funcionado: crecer mediante adquisiciones financiadas con deuda.

Esta forma de operar funcionó bien en un contexto de tipos bajos y a buen ritmo de ventas. Sin embargo, con la pandemia llegó la tormenta perfecta: las restricciones sanitarias supusieron una caída de la recolección de plasma, afectando a los ingresos. Y la salida de la crisis sanitaria, junto a la guerra de Ucrania, dispararon los precios, obligando al Banco Central Europeo (BCE) a elevar los tipos de interés para combatir la inflación.

Ahora, con un ratio de apalancamiento de 6,9 de su resultado bruto de explotación, la compañía busca reducir su deuda a toda costa. El mes pasado, comunicó a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) que estaba negociando la captación de 1.400 millones de euros para reducir su apalancamiento. Grifols tenía, entre deudas a corto y a largo plazo, más de 10.000 millones de euros de pasivos financieros al cierre del primer semestre.

“Hemos vuelto a obtener unos buenos resultados en el segundo trimestre, superando las previsiones”, ha defendido el consejero delegado de la compañía, Thomas Glanzmann: “El fuerte crecimiento de los ingresos y el beneficio reflejan la fortaleza de los fundamentales de Grifols a medida que vamos cumpliendo con nuestros compromisos. Nuestro plan de mejoras operativas ya está dando sus frutos, impulsando la rentabilidad y una mayor expansión de los márgenes”.

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